Perros viejos

Como los dinosaurios del rock de antaño, Felipe González llenó el pasado jueves por la mañana el auditorio pequeño del Palacio de la Ópera de Coruña. Llegó entre achuchones de los presentes, que no eran pocos ni poco hacinados. Me pregunto qué tal tendrá los metacarpos a estas horas, pues no se cansó de estrechar manos y saludar a todo el que pudo acercársele. Una hora antes de que empezase el espectáculo ya había cola para entrar, lo cuál me deja la siguiente pregunta rondando por la cabeza: ¿realmente hay tanta gente en esta ciudad no esté trabajando a las doce por la mañana?

Abrió fuego Losada, el Rubalcaba falso que hace por veces de alcalde. Fue breve, y arrancó un par de sonrisas del público; la verdad es que el hombrecillo ha ido ganando tablas desde la primera vez que lo escuché hablar. Siguió Molina, que a veces más que orar parece que exhorta a grito pelado, aunque afortunadamente también fue bastante breve. Y digo afortunadamente porque nunca me acaba de convencer que tanto defienda su contribución para la difusión del gallego, si nunca se le oye hablarlo. Pero bueno, no es menester hablar de los aperitivos.

El plato fuerte fue casi una hora de anecdotario colectivo dirigido por quien protagonizó el último debate televisivo en tiempo de elecciones que recuerdo (a la espera de ver qué pasa este lunes entre Rajoy y Zapatero), que salió al estrado sin chuletas: como debe ser y como pocos políticos hacen ya. En mi opinión cualquiera que tenga la ocasión debería escuchar a Felipe hablar, independientemente de su ideología política, al igual que estoy segurísimo que vale la pena escuchar a lúcidos dinosaurios como Santiago Carrillo o Alfonso Guerra. Como no iba a ser de otra manera, barrió un poco para casa, ya que a fin de cuentas habrá elecciones el nueve de marzo; pero se notaba la experiencia acumulada, la forma de sacar a flote los sentimientos de la audiencia, el control de la cadencia del discurso, el hilar los temas entre sí, retomándolos sin motivo aparente hasta que todo encaja de manera hilarante…

Lo mejor de todo fue, sin duda, comprobar que todavía queda algún buen orador en este país de políticos lingüísticamente ineptos. Lo peor es saber que, de los que están ahora en el candelero, pocos se salvarían de las llamas del infierno (ahora que vuelve a existir) si el ser mal comunicador fuese un pecado. Falta por ver cómo se defiende Zapatero, que estará el próximo jueves en Coruña. ¡Seguiremos informando!

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