Dondequiera

Según uno se va haciendo mayor, hay cada vez menos cosas que le hagan a uno poner esa sonrisa bobalicona que se dibuja en las caras de los niños cuando están extasiados con algo. Para no perder la capacidad de alcanzar esos estados de trance, es bueno conservar la capacidad de asombro… y ejercitarla. Hace un par de años tuve la ocasión de quedarme literalmente embelesado con la Alegría del Cirque du Soleil, que resultó ser una experiencia prácticamente indescriptible.

Y es en estos momentos que la gran carpa (y lo de «gran» no es un adjetivo gratuíto) de estos artistas con origen en Canadá se encuentra en Madrid. Quien se pase cerca de la Casa de Campo, por la zona de la Avenida de Portugal verá los enormes toldos blancos del circo:

Gran Chapiteau, desde la Avenida de Portugal

Gran Chapiteau, desde la Avenida de Portugal

Camiones adornados con carteles de Varekai, el espectáculo que está de gira en la capital, nos dan la bienvenida al recinto. Se pueden ver carteles con algún otro de los personajes del espectáculo por las calles de Madrid, con sus coloridos trajes transmitiendo a los viandantes la impronta de estarse perdiendo algo a lo que deberían asistir. Y así es que decidí hacer una visita a un fenomenal amigo que está viviendo allá e invitarle a una de las funciones, antes de que se vayan a mediados de Enero a deleitar a los espectadores de algún otro país.

Camion con un cartelón de Varekai

Camion con un cartelón de Varekai

El espectáculo, que empieza con puntualidad europea aún estando en España, no es una repetición de lo que pude ver en Alegría; pero se nota el buen hacer de la compañía canadiense, una forma de hacer espectáculos radicalmente distinta a lo que normalmente se entiende por «circo». Esta gente consigue, sin más que el propio trabajo de los artistas (no hay animales), crear una atmósfera irrepetible durante las dos horas largas que dura la función, un espectáculo acompañado en todo momento de música en directo, donde la escenografía y la teatralidad de la que se hace gala son tan importantes como los números acrobáticos.

Toda persona que aparece en el escenario es un personaje de la trama, desde el principio hasta el final, de manera que incluso los tramoyistas van maquillados y vestidos de forma acorde al resto de personajes, mimetizándose con el resto de la escena. Nada en los espectáculos del Cirque du Soleil parece sacado de un circo convencional, y los payasos no podrían ser menos: huyen de las fórmulas tradicionales, para unir el mimo y la risa, pronunciando únicamente alguna que otra palabra durante su aparición.

Otra seña de identidad es la desaparición de la brecha entre artista y público: no hay telones en el escenario, los artistas a veces suben por el patio de gradas, mezclándose con los espectadores para hacerlos más partícipes del gran montaje que están presenciando, hasta el punto en que uno se olvida de todo salvo de la asombrosa y bella performance audiovisual de la que está siendo partícipe. Nada más parece existir, hasta que los músicos dan la última nota y todos artífices de la profunda felicidad transitoria que uno experimenta salen por última vez al escenario para agradecer el mar de aplausos que los recompensa después de cada función.

Servidor, con un paraguas del Cirque du Soleil

Servidor, con un paraguas del Cirque du Soleil

A la salida, en las carpas adyacentes al Gran Chapiteau, puede uno encontrarse con merchandising del circo, como el paraguas con el que salgo en la foto y que, cada vez que lo veo, me hace esbozar una sonrisilla al acordarme tanto de Alegría como de Varekai. Aviso a navegantes: no es barato, pero el surtido que tienen de camisetas, bufandas, gorras, bolsos, máscaras, fotografías… es absolutamente delicioso. Lo único que lamento es no haber tenido dinero cuando vi Alegría para una bandolera hecha con lona de la antigua carpa permanente de Las Vegas. Aún así, ahí quedan para recordar mi paraguas, las sonrisillas de niño sorprendido mías y de Saverbrunn, y su bufanda de rayas grises que combina con todo.

Por mucho que las leyendas digan que hai que ir a San Andrés de Teixido en vida para no tener que ir en forma ectoplásmica, el que suscribe recomienda encarecidamente a todo el que pueda que vaya a un espectáculo del Cirque du Soleil. O a varios. Satisfacción garantizada.

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