Cosas del pasado, con un poco de arte

En aquellos días… huy no, que la historia es otra. Probemos de nuevo. Érase una vez… mmmh, tampoco. No parece buen principio para la historia de hoy. A ver a la tercera:

Tiempo ha, servidor solía dejarse caer por el GPUL (el Grupo de Programadores y Usuarios de Linux de la facultad), y además de meterse en otros fregados diseñar algún que otro cartel, a decir verdad con algo más de gusto que los diseñadores de las portadas de ciertos álbumes. El caso es que hoy, mientras buscaba el disco compacto de uno de mis juegos viejos, encontré una copia de seguridad del portátil que utilizaba por aquel entonces (un iBook G3 que todavía funciona después de nueve años, eso si que es un récord de TCO para un portátil).

En dicha copia de seguridad me encontré con un par de perlitas. Nada menos que dos de los carteles que en su momento diseñé en mi época de máxima actividad en GPUL:

Como «bonus», me he topado también  con el que —hipotéticamente— iba a ser el fondo de pantalla de GNOME en la versión de GPUL LiveCD que nunca llegó a ver la luz del día:

Ya véis que uno nunca sabe lo que se encontrará en el futuro al hacer copias de seguridad 😉

Si el ruído hablase…

Tuve ya en ocasiones anteriores la estomagante experiencia de asistir a un par de conciertos en el recinto de Expocoruña, con lo que no repetiré mis acertados comentarios sobre sus graves deficiencias acústicas una vez más. Este nuevo episodio, que bien podría titularse «Tratado sobre el maltrato a los conductos auditivos», tenía como protagonista al descompositor francés Yann Tiersen. A la mala calidad del sonido (que no es culpa del artista, sino de la acústica del lugar) se unió el ¿mal? gusto del artista por los sonidos estridentes, ruidosos y parcialmente desagradables al oído humano. Y es que el evento se caracterizó por la asistencia de los siguientes tipos de fauna:

  1. Conocedores despistados de la banda sonora de Le Fabuleux Destin D’Amélie Poulain y algún otro también consciente de que Tiersen es el artífice de la banda sonora de Good Bye Lenin!. Este sin duda era mi grupo.
  2. Novios aburridos de chicuelas pertenecientes al grupo anteriormente citado.
  3. Protogeeks gafapasta que nunca irían a un concierto de KMFDM, porque aún siendo realmente alternativos no podrían soportar el tener sueños lúbricos con Lucía y probablemente acabrían convirtiéndose en emos después de un intento fallido de cortarse las venas de forma transversal.
  4. Punkis perroflauta despistados que les importa un comino quien toque, siempre y cuando su colga «el panas» asista y puedan pasarse lo que dure el concierto en una nebulosa de polen.

Mientras que los integrantes de los dos últimos grupos sin duda volvieron a casa contentos unos, y contentos los otros, los demás aguantamos el tedio con mayor o menor éxito, mientras Tiersen y su banda se dedicaban a hacernos creer que las canciones que esperábamos serían tocadas más adelante. Mes y medio después, sigo esperando por Le valse D’Amélie… Pero parece que algunos artistas se empecinan en renegar de aquéllo que les ha dado la fama, con lo que además de conviertirse en ídolos del gafapastismo, consiguen echar para atrás a los que vamos a los conciertos de los artistas que no nos son muy conocidos con ganas de escuchar «lo de siempre y alguna cosa más, a ver qué tal». Si quiere hacerse el Dylan, primero que demuestre su valía con una extensa discografía y una impecable técnica a los instrumentos (o en caso de que la tenga, haga gala de ella).

Resumiendo: un concierto prescindible, que se salva de la quema de brujas por el hecho de haber ido bien acompañado y no ser muy cara la entrada.

¿Arte? Callejero (VI)

Tiene su chiste el hecho de que esta nueva entrega de arte callejeril esté precisamente en el antiguo escaparate de una charcutería, debajo de un cartel de «jamonas»… Lo mejor de todo es que esta pintada está cerca de mi casa, y llevo años pasando por delante sin haberme fijado antes 😉

Irracionalismo Navideño

Hay que desengañarse: por mucho que nos gustaría, es imposible cambiar el mundo. La Naturaleza gracias a la cuál vivimos tiene la capacidad de barrernos de un plumazo de la faz de la Tierra, ya que la más pequeña perturbación en el delicado, complejo y bello equilibrio químico que nos mantiene vivos podría ser fatal. Es a la vez grandioso y sobrecogedor pararse un momento a pensar en lo increíble que resulta que podamos ver a nuestro alrededor, caminar a la orilla del mar o acariciar con la mano sin más que pensarlo. Aún más sorprendente es el hecho de que podamos buscarle una explicación o, yendo más allá, que podamos llegar al nivel del meta planteándonos si la explicación en sí misma es sostenible de forma lógica…

Pero al bajar la vista desde la inmensidad del cielo del atardecer sobre la Puerta del Sol, vemos como un enjambre aguarda su turno para cambiar unos pedazos de papel impregnados de tinta azul por otro pedazo de papel con números en su superficie… que con una probabilidad aún menor que la de ser alcanzado por un rayo se convertirá de nuevo en papeles con tinta de colores. No tiene sentido alguno desde un punto de vista racional, al igual que no lo tiene el resto de la Navidad.

A lo largo de los días que conforman la Navidad, podemos ser testigos del poco honor que el ser humano hace a la definición de «racional». Empezando por el alumbrado de las calles, y acabando en la noche de Reyes, de forma más o menos cronológica podemos ir saboreando uno o más de los siguientes platos:

El alumbrado de las calles, que produce una cantidad de luz excesiva de dudosa utilidad. Sería comprensible en aquellas ciudades donde el alumbrado público es deficiente, pero aún así es poco usable, y como ornamento, dependiendo del año y lugar, excesivamente frívolo. Ahora las preguntas importantes: ¿Por qué se ponen luces? ¿Para qué sirven si normalmente ya hay farolas? ¿Qué costes reales tienen en el ciudadano de a pie? Con esta última pregunta incluyo también las compras de navidad a la que el ambiente festivo empuja a muchos incautos.

Avanzando hasta el día 24 de diciembre, se supone que un señor vestido de rojo visita todas las casas del mundo. Aunque Phileas Fogg acabó su vuelta al mundo en 80 días y hoy podría hacerlo en menos de cuatro, todavía no se ha descubierto el secreto de la propulsión renil del trineo de Papá Noël. No contentos con tal proeza, se supone que es un viejo gordo renqueante, capaz además de colarse en casas ajenas —sin orden judicial— nada menos que por la chimenea. Son tantas las preguntas que se me ocurren que ni las enumeraré, salvo una que me intriga: ¿por qué no funda su propia empresa de envío de mercancías a domicilio?

Al día siguiente (25), celebramos el cumpleaños de un tío que, no solo no conocemos, sino que además está muerto. Con los consiguientes problemas: ¿a quien se le dan los regalos? ¿como se sabe si le gustará el último Action Man™? Para más datos, nace en Nazaret (?), un poblacho de mala muerte que ni siquiera existía por aquel entonces. Por si fuese poco sospechoso, tres señores (o dos, o cuatro, o hasta 60, según la fuente) le llevan «hierbas aromáticas» (y oro) al retoño, y aunque no sabemos si se las acaba o no, el caso es que el hombrecillo acabará jurando y perjurando ser un enviado de un ente superior. ¡Venga ya, como si no hubiese ya pocos profetas apocalípticos! Preguntas sobre el tema: ¿Por qué no una mujer? ¿Por qué tanta complicación con el hecho de que naciese de una virgen, con lo fácil que sería decir que simplemente apareció allí? Más cosas: todo lo que supuestamente sabemos de él lo escribieron unos señores centenas de años más tarde, ¿cómo sabemos que no se equivocaban? Per aún más importante: ¿por qué somos tan redomadamente idiotas como para celebrar un tío que nunca se ha dignado a darnos una mítica «bolsa sorpresa», o al menos invitar a un pedacito de tarta en el día de su cumpleaños? ¡Pues vaya un rata!

Lo mejor es que nos pasaremos los días 26, 27, 28, 29 y 30 descansando de las incomprensibles comilonas, visitando a familiares que desearíamos haber confiado a un grupo de matones rumanos, mientras el tío Braulio acaba con las reservas de coñac de casa, lo que contribuye a elevar la tensión familiar, la arterial, la cardiovascular… una pena que la tensión eléctrica atmosférica no se vea afectada: el momento ideal para que uno de esos providenciales efectos lumínicos se manifieste, haciendo que de paso el tal Braulio se volatilice, pasa por delante de nuestras narices, mientras lamentamos no haber celebrado en esos días los nacimientos de Phil Spector, Gustave Eiffel, Linus Torvalds, Andy Wachowski, o Jeff Lynne, respectivamente.

Llega 31 de diciembre, y se celebra el final del año, como si todos los años fuese una gran novedad única en la vida que no se repite de forma periódica. Hay quien incluso se emociona como si fuese su primera vez. De nuevo el mundo al revés: si se acaba el año, entonces es su final, así que más bien se tendría que hacer un réquiem. Salimos por la noche, pagamos más que cualquier otro día por el mismo garrafón de siempre sin quejarnos por el —a todas luces abultado— precio de la entrada mientas jugamos a autoengañarnos haciendo que nos los pasamos bien, no vaya a ser que se note que en el fondo somos unos infelices. Sobre la mañana del día 1 sólo diré que nos dedicamos a mojar churros en un chocolate más malo que la pata de Perico, actividad ésta con obvias reminiscencias sexuales, de corte depravado y claras intenciones de expresar las frustraciones hacia el sexo opuesto. ¿O acaso alguien se cree que si uno tiene pareja y se lo está «pasando bien» va a dejar lo que esté haciendo para bajar a una cafetería llena de camareros amarmotados por el madrugón y tomarse el chocolate con churros con peor relación calidad/precio del año?

El descanso del guerrero nos hace sobrellevar los siguientes dos días, hasta que nos damos cuenta de que aún no hemos hecho las compras de Reyes. ¿No hablé ya del absurdo de estas figuras? Pues bien, sin haber aprendido la lección de Papá Noël, nos dirigimos al centro comercial más cercano para comprar regalos, ataviados con una Visa Electrón (que tiene parte de corpúsculo, y además está en la onda), dispuestos a seguir engañando a nuestros pequeños con supuesta existencia de tres señores invisibles que, haciendo remedo al gordinflón asaltachimeneas, recorren el mundo nada más ni nada menos que… ¡en camello! Claro que con estos próceres de las buenas maneras, hay un precio a pagar: haberse portado bien. ¿Qué es el bien para estos tres ladronzuelos de vidas? ¿Por qué tenemos que aceptar su visión de bien sin poder plantearles alguna otra? ¿Son un símbolo de la represión social del mal llamado «régimen preconstitucional»? ¿De antes de qué Constitución estamos hablando cuando decimos «preconstitucional»? ¿El fenómeno de los Reyes Magos de Oriente, tendría sentido en una República como la francesa? ¿Por qué seguimos intentando engañar a los niños con una mentira tan obvia; es acaso un mecanismo de afianzar el poder de los padres sobre los niños al poseer el control de una verdad que ellos desconocen?

La lista de preguntas es interminable sobre los Reyes Magos de Oriente (¿y por qué magos de oriente y no reyes absolutistas franceses, bastante más creíbles en nuestro contexto geográfico?) no debe dejar de hacernos reflexionar sobre el consumismo salvaje al que nos vemos empujados por el entramado empresarial, cuyo interes en sostener la imagen del trío calavera y el gordinflón asaltachimeneas se basa única y exclusivamente en los pingües beneficios que les reportan. Si no les resultase harto beneficioso, no habría un clon en cada gran superficie, no contribuirían con decoración navideña y, desde luego, tampoco venderían absurdos regalos que nadie quiere. Sólo una pregunta más sobre estos carpetovetónicos personajes: Si los camellos son animales, y los animales defecan allí donde les dá el apretón, ¿cómo es que nunca nadie se ha encontrado una boñiga de camello en el salón un día tal como el seis de enero?

Aunque la navidad llegados a estas alturas ya va tocando a su fin, cuando se supone que de nuevo tendremos unos días para reposar el michelín acumulado durante las anteriores dos semanas, el período de vacaciones se ve bruscamente interrumpido sólo un día después del ágape de Reyes, como un indicio más de que las navidades son un invento nefasto que perjudica nuestra salubridad física, anímica y económica —de la mental mejor no hablar—. Es, en resumen, un baldón del que tardaremos meses en recuperarnos, pero que repetiremos masoquísticamente, con mecánica regularidad, y tan poco espíritu crítico y pragmático como nunca hemos tenido.

No, no me gustan las Navidades.

El lector más avispado se habrá dado cuenta del humor ácido que contiene esta sátira. Si hay alguien que se tome esto demasiado en serio, estaríamos ante una fehaciente demostración del efecto que la sociedad puede tener en una persona-clon que no hace más que seguir de forma borreguil lo que le rodea sin cuestionarlo. Que escriba sobre ciertos temas no quiere decir que sea mi opinión, aunque en esencia sí se cumple en este caso. Como comentario final, añadiré que mis navidades este año estuvieron bastante bien, pero las partes buenas transcurrieron fuera del «circuito comercial».

Para quienes hayan leído hasta aquí: enhorabuena. Me despido a lo Carlos Llamas: sed lo más felices que podáis. Y no dejéis de ser unos inconformistas que no paran de hacerse preguntas sin respuesta 😉

El silencioso Grito

Gritando… desde el siglo XIX… ¿tendrá la Revolución Industrial algo que ver? Los hechos pasados nos afectan en el presente, al igual que la explosión mercantil hace dos siglos repercute en la alienación del trabajador que se sigue produciendo, tal y como diagnosticó Marx. El cuadro de Munch es inquietante y enigmático: ¿por qué grita? Quizás algún día lo sepamos; mientras tanto, es un buen momento para pensar qué podemos hacer para que quienes nos rodean no sean un cuadrete 😉