Azul

El bar era una vieja tasca con mostrador de zinc, sillas de formica, un televisor encendido y fotos del Rayo Vallecano en la pared. No había nadie más que el camarero, un hombre flaco, a quien la camisa llena de lamparones daba un aspecto infame mientras mientras barría con aire despectivo el serrín del suelo, lleno de servilletas arrugadas y cáscaras de cacahuete. Tenía enfrente un espejo con publicidad de cerveza San Miguel, y su cara se reflejaba entre la lista de tapas y raciones escrita encima con letras blancas. Veía sus ojos exactamente entre las palabras ensaladilla rusa y pulpo a la gallega, lo que tampoco era para levantarle el ánimo a nadie. Pidió ginebra azul con tónica, que el barman sirvió con una mirada de curiosidad.

—Quiero acostarme con ella —le dijo al camarero.

—Todos queremos eso —respondió el otro, filosófico, sin dejar de barrer.

Asintió, y por fin se llevó los labios al vaso. Bebió un poco, volvió a mirarse en el espejo e hizo una mueca.

—El problema —dijo— es que no juega limpio.

—Nunca lo hacen.

—Pero es guapísima. La muy perra.

—Todas lo son.

El camarero había dejado la escoba en un rincón, y de vuelta tras la barra se servía una cerveza. Contempló las fotos del Rayo, sacó unas monedas y se puso a jugar con ellas sobre la barra.

—Estoy metiéndome en un lío.

Esta vez el camarero no respondió enseguida. Observaba la espuma de la cerveza en el borde de su vaso.

—Igual ella vale la pena —dijo al cabo de un instante.

Una carta bajo el sombrero

Se había comprado su primer sombrero aquella misma tarde, y enseguida se percató de que siempre había deseado tener uno. Un sombrero de lana negro, ligero y —¡por qué no!— un poco gangsteriano, para poder emular una partida de póker como las que había visto en aquéllas películas en blanco y negro ambientadas en el turbulento Chicago de los años cuarenta que tanto le gustaban. Aquella misma noche tenía una cena con el resto del clan, así que aprovecharía para lucirlo por primera vez.

· · ·

Volvieron a casa después de una agradable cena en el restaurante del afable Penneti, un negocio que llevaba en pie desde que era niño, y del que lo que más apreciaba era la inutilidad de Grossi, el hijo del signore Penneti, para preparar platos típicamente italianos. Gracias a ello podían experimentar el placer de otros sabores del mundo cuando el padre se tomaba un descanso en la cocina.

· · ·

Llevaba toda la noche imaginándose a sí mismo en una mesa del Penneti’s, con poca luz y la corbata medio desatada, en medio de una tensa partida de póquer con Paul Newman y Robert Shaw. Fiorellina, o Rizzola como la llamaban cariñosamente por lo caprichoso de su melena azabache, interrumpió el vuelo con una pregunta digna del mejor de los tahúres:

—Estás muy callado, ¿en qué piensas?
—Ya tengo el sombrero, ahora me faltan un par de compinches para una partida de póquer… Si escondiese una carta de la baraja francesa bajo el ala, ¿cuál crees que sería?
—Creo que el as de corazones—contestó ella tras reflexionar unos segundos.
—Pues sí, ¿y sabes por qué? —se pararon en medio de la acera y la miró a los ojos— Porque sé que me darías suerte.

El misterioso caso del Moleskine perdido

Solía hacer anotaciones en unas pequeñas libretillas de tapas negras duras y papel amarillento, que se cerraba con una gomita en el lado por el que se abría y tenía un fuelle de cartón en la tapa trasera en la que guardaba, entre otras cosas, tarjetas de visita. A pesar de lo ajado de su aspecto, no existía en la faz de la tierra nada más cómodo para la incesante tarea de anotar y repasar sus divagaciones mentales mientras hacía su periplo vital. Se decía que grandes artistas de esta y otras épocas también las usaban, aunque eso era lo que menos le importaba.

Aquel día subió en uno de los autobuses rojos que pasan —no siempre desapercibidos— a todas horas por la ciudad herculina con la intención de evitarse unalarga caminata hasta el campus universitario. Llovía mucho y no dejaban de pasar autobuses llenos que no paraban por delante de la marquesina en la que se había apostado, así que decidió coger la línea 24 en lugar de la «E», que también hacía una breve parada delante de la Facultad de Ciencias.

Al poco rato de haber bajado del autobús se dio cuenta: se le había caído la libretilla. Las posibilidades de recuperarla eran muy bajas: seguramente algún otro viajero la habría cogido, o sino al final del día la tirarían a la basura cuando limpiasen los autos en la cochera. Tan sólo podía confiar en la buena voluntad de que alguien la recogiese y fuese lo suficientemente persona como para ponerse en contacto con él al respecto…

(Esta historia está basada en hechos reales ocurridos el pasado viernes 1 de Febrero, la libreta es un Moleskine y si alguien la ha encontrado y quiere ser invitado a un cafecillo acompañado de mis más sinceros agradecimientos tan sólo tiene que abrir la libreta por la primera página y ponerse en contacto conmigo. Gracias.)

Autoengaño

El agua de la ducha caía sobre su cabeza, aclarándole el pelo y las ideas. Siempre buscaba una explicación a todo, pues le resultaba reconfortante. Le había ocurrido con anterioridad: deseaba ser capaz de dejarse guiar por su instinto, por sus deseos, por su corazón, sin que éstos fuesen supeditados a los escrutinios y veredictos de su analítica mente.

Se autoengañaba negándose a aceptar que las certeras flechas de Cupido lo hubiesen alcanzado. Sus miedos, en ocasiones contradictorios, no se habían ahogado bajo el agua purificadora sino que lo acuciaban con más y más intensidad cada día. Lo que más le aterraba era saber que «siempre» y «nunca» eran palabras extremadamente peligrosas: no podía pedirle que lo amase por siempre, ni que que nunca hiriese su corazón, porque tampoco él estaba seguro de poder hacerlo.

Se secó observando cómo el agua restante en el fondo de la bañera revoloteaba alrededor del desagüe, hundiéndose en la nada que la esperaba al otro lado, para finalmente llegar al océano y comenzar así un nuevo ciclo. Alimentar la vida propia y ajena, aún a costa de sus lágrimas; sentirse y ser necesario, aunque con ello su ausencia fuese dolorosa para los demás; volver a intentarlo al ser deshechado… eso quería.

Un escalofrío recorrió su espalda: no sabía cuanto tiempo llevaba allí de pie, desnudo. Lo único de lo que estaba seguro es que por fin había tomado la firme decisión de intentarlo.