Azul

El bar era una vieja tasca con mostrador de zinc, sillas de formica, un televisor encendido y fotos del Rayo Vallecano en la pared. No había nadie más que el camarero, un hombre flaco, a quien la camisa llena de lamparones daba un aspecto infame mientras mientras barría con aire despectivo el serrín del suelo, lleno de servilletas arrugadas y cáscaras de cacahuete. Tenía enfrente un espejo con publicidad de cerveza San Miguel, y su cara se reflejaba entre la lista de tapas y raciones escrita encima con letras blancas. Veía sus ojos exactamente entre las palabras ensaladilla rusa y pulpo a la gallega, lo que tampoco era para levantarle el ánimo a nadie. Pidió ginebra azul con tónica, que el barman sirvió con una mirada de curiosidad.

—Quiero acostarme con ella —le dijo al camarero.

—Todos queremos eso —respondió el otro, filosófico, sin dejar de barrer.

Asintió, y por fin se llevó los labios al vaso. Bebió un poco, volvió a mirarse en el espejo e hizo una mueca.

—El problema —dijo— es que no juega limpio.

—Nunca lo hacen.

—Pero es guapísima. La muy perra.

—Todas lo son.

El camarero había dejado la escoba en un rincón, y de vuelta tras la barra se servía una cerveza. Contempló las fotos del Rayo, sacó unas monedas y se puso a jugar con ellas sobre la barra.

—Estoy metiéndome en un lío.

Esta vez el camarero no respondió enseguida. Observaba la espuma de la cerveza en el borde de su vaso.

—Igual ella vale la pena —dijo al cabo de un instante.

Acontecimientos ¿históricos?

Ricardo Galli nos recomienda la lectura de un artículo de Dijkstra (que tengo a medio leer, pero es como mínimo «apasionante»), y tras reíme un buen rato de algunos de los comentarios aparecidos en Guarrapunto me acordé de que, oiga usted, existe un grupo de chalados intenta un nuevo conato de huelga que, con un nada que se tuerzan las cosas, lo que conseguirá es dar (aún más) mala imagen del colectivo de informáticos. Yo me quedo con esta frase del artículo de Dijkstra:

La Ingeniería del Software, por supuesto, se presenta a sí misma como otra causa valiosa, pero es un colirio: si lee cuidadosamente su literatura y analiza lo que realmente hacen quienes se avocan a ella, descubrirá que la ingeniería de software ha adoptado como su estatuto «Cómo programar si usted no puede».

Y mientras unos se dedican un esfuerzo estéril a una causa perdida, yo me he dedicado los últimos días a convertir mis CDs al formato libre OGG Vorbis después de haber borrado los MP3 que tenía, con el resultado de que hoy el mundo es un poquitín más libre.

Sobre la huelga de «informáticos»

Había pensado escribir sobre los motivos que me han llevado a no secundar la huelga de informáticos del pasado miércoles 19 de Noviembre; pero Ricardo Galli ha hecho un resumen con el que estoy esencialmente de acuerdo, y cuya lectura recomiendo a los (pocos) lectores informáticos (o en ciernes de serlo) que se pasean por estos lares. Dicho esto, y asumiendo que el ávido lector ha leído al menos la sección «Colegios, regulaciones y huelga» del citado artículo, añado mis propias notas sobre este espinoso asunto:

  • La mayoría de países de la Unión Europea no tiene en estos momentos colegios profesionales, y en los pocos países en los que todavía perduran, están tendiendo a desaparecer. Por algo será.
  • Sólo un puñado de profesiones deberían tener competencias asignadas, de nuevo según las normativas de la Unión Europea. Todo lo demás son cosas de cada uno de los terruños (léase «países») que conforman europa.
  • Si nos empeñamos a llevar la contraria, un día de estos Mamá Europa nos pondrá una sanción que tendremos que pagar entre todos con nuestros impuestos. Vale que no va a ser mañana, pero ya nos ha pasado alguna vez por pasarnos de listillos. Recuerdo ciertos tejemanejes con las subvenciones para el cultivo del lino…
  • Parece que la gente que está enchufada en cargos importantes en los colegios de informáticos tienen miedo de perder sus cómodos puestos de postureo de los que probablemente estén obteniendo pingües beneficios a cambio de una módica cantidad de trabajo consistente en firmar papeleos elaborados por subalternos, asistir a «comidas» de trabajo, protocongresos y demás protochuminadas pijósticas. No me imagino a uno de estos bufones en un evento de gente que se las ingenia de verdad como el HAR2009.

Además, añadiría que me parece lamentable que muchos supuestos compañeros de profesión se hayan dejado llevar por la desinformación y el alarmismo, en lugar de buscar por sí mismos en las fuentes para ver realmente cómo funcionan las cosas (atención al ingenioso juego de palabras) y decidir por sí mismos con un mínimo de espíritu crítico. Claramente: esto es una prueba más de lo poco bien que nos forma la Universidad, ya que se supone que, entre otras cosas, aprendermos buscarnos la vida… aunque lo que no tengo ya tan claro es a quién echarle la culpa.

Ya para acabar, mis más sinceras enhorabuenas a la pandilla de irresponsables que han logrado que, con esta «huelga», el sector de la informática sigamos dando una imagen lamentable al resto de la sociedad.

Sobre conciertos gratuítos

No es que esté indignado (que lo estoy), ni harto de haber esperando hora y media para nada (que lo estoy), ni mosqueado con los políticuchos chupatintas que van de guais organizando conciertos gratuítos de artistas que no han escuchado en toda su vida (vienen a mi memoria las «perlas» lingüisticas del ex-conselleiro Pérez Varela)… lo que realmente es absurdo es el hecho en sí mismo del concierto gratuíto. Además de recordarme a los panem et circenses organizados por candidatos a senadores en la antigua Roma con el único y exclusivo motivo de ganarse el favor del borreguil pueblo, la oleada de conciertos gratuítos de todo verano se suceden sin pena ni gloria: en la mayoría de los casos con gran enojo de quienes aprecien un mínimo de buen gusto en la música, en otros casos con un enormísimo enojo debido a esos seres mutantes que viven en las alcantarillas, comen pizza y han sido adiestrados por pseudoratas bípedas: las Tortugas Ninja.

No se lleven a engaño mis lectores: no me refiero a esos entrañables personajes de cómic y dibujos animados de existencia tan improbable como la posibilidad de que en una estación de tren o metro nos dejen sacar fotos. Me refiero a unos seres mucho más malignos y temibles: esos grupos de viejecitos arrugados cuyo estátus de jubildos les permite disponer de todo el tiempo del mundo para, entre otras cosas como ejercer de controlador de obra (próximamente en su academia CCC más cercana), esperar pacientemente durante días (qué digo días: incluso semanas enteras si se tercia) en la cola para obtener entradas de conciertos y espectáculos que no les interesan lo más mínimo en la totalidad de las ocasiones. ¿Que viene La Fura Dels Baus en colaboración con los gitanos de Peñamuela a montar un espectáculo en la arielta colgados por la entrepierna de unas grúas gigantes mientras la cabra le hace un cunnilingus caricias a un travesti que ha conseguido cambiarse de sexo? No hay problema: allá van las Tortugas Ninja al ataque, que no pararán de escandalizarse y repetir «¡hay que ver la juventud!» ó el ya cansino «¡si es que esto con Franco no pasaba!» Siempre que sea gratis, claro.

Y así llegamos a la clave del asunto: la palabra gratis. Todo es más atractivo si se le añade al final como coletilla. Conseguiremos con ello que las Tortugas Ninja en tropel e incluso otros colectivos vagamente interesados en lo que se oferta. Se inaugura un edificio: pinchos gratis. Que hay rebajas: el 40% gratis. Viene el rey al acto de celebración de los 800 años de la ciudad (en el que por cierto estuve de figurante vestido de soldado y los impresentables de Bengala Produccións aún no me han pagado): todos a tocarle la mano, que es gratis. Que los vertidos radioactivos de Ence provocan la aparición un tercer brazo: pues nada, a conseguir un brazo gratis, que tiene que ser estupendo para hacérselo pasar bien a la novia…

Y es que los conciertos nunca, nunca, nunca deberían ser gratis. La semana pasada mucha gente estuvimos más de una hora esperando en una cola para conseguir entradas para ver a Diana Krall. ¿Pero no era que el jazz sólo nos gustaba a unos pocos puretas musicales? Vaya… pues parece que hay más puretas que nunca. Seamos sinceros: ¿qué vago redomado tiene el tiempo libre suficiente para pasarse nada menos que doce horas delante de una puerta esperando para que le dén una entrada para un concierto que en el mejor de los casos ni le va ni le viene mientras los demás nos dedicamos a producir para sacar al país de la crisis profunda desaceleración? Sí amigos. ya saben la solución: nada menos que las Tortugas Ninja. Desde aquí propongo que a partir de ahora cuando los politicuchos de turno (o las fundaciones de las cajas de ahorro que blanquean sanean sus cuentas) quieran traerse a un artista pueden elegir cobrar un precio simbólico. ¿No les suena el concepto? Es tan fácil como cobrar unos cuatro o cinco euros, que es muy barato, quitando por tanto la insana palabra «gratis» de enmedio y eliminando así la afluencia de indeseables a los que les es indiferente la actuación y que no hacen más ocupar las plazas que podrían revertir en los realmente interesados a los que no les importa el nimio desembolso de los susodichos euros para asistir a un concierto al que llevan media vida deseando ir.

Tranquilos todos, que los triunfitos seguirían siendo gratis: no entran dentro de la categoría de «artistas».

El silencioso Grito

Gritando… desde el siglo XIX… ¿tendrá la Revolución Industrial algo que ver? Los hechos pasados nos afectan en el presente, al igual que la explosión mercantil hace dos siglos repercute en la alienación del trabajador que se sigue produciendo, tal y como diagnosticó Marx. El cuadro de Munch es inquietante y enigmático: ¿por qué grita? Quizás algún día lo sepamos; mientras tanto, es un buen momento para pensar qué podemos hacer para que quienes nos rodean no sean un cuadrete 😉

¿Cal o arena?

Cada vez lo asumo con más entereza, y cada vez estoy más de acuerdo con el profeta Saverbrunn: el fin de una especie que no tiene todavía digno sustituto está cada vez más cerca, hecho que de confirmarse tiraría por tierra la teoría de la evolución de Charles Darwin. El amante perfecto ideal es una raza de la que quedamos pocos ejemplares, una raza al borde la extinción puesto que los cánones sociales hacen que las mujeres escojan erróneamente al no saber distinguirlos del resto de individuos similares en su aspecto externo.

Aunque no aumente las posibilidades de apareamiento, al menos haber recibido dos Oscuacs (mejor locutor novel y mejor técnico de sonido novel) y la compañía de unas cuantas personas inigualables me han animado el final del día. Lo mejor va a ser darse un paseo por cerca de los deshechos de la factoría de Ence para mutar genéticamente y pasar a reproducirse por escisión… aunque lo ideal sería que se nos juzgase correctamente. Menda dixit.